Faltaban aún 3 días para que amaneciera y un nuevo hilo de sangre rodeaba el borde mi labio. Ya eran cuatro noches seguidas en las que la sangre emanaba de mi ya, congelada nariz. Cuatro noches continuas de sentir aquel irritante goteo y tres meses en las que ya no dormía. El incesante tic-tac del reloj mural marcaba todos los instantes en los cuales deseaba haber estado en otro lugar.

Literalmente, había mandado todo a la mierda e, inconscientemente fuí yo el que se fue a la mierda. Dejé todo; ciudad, gente trabajo, todo. El poco dinero que reuní en mi vida, lo dejé en una cuenta libre, a nombre de ella, para que tomara lo que quisiera y cuando quisiera. Creo que no hace falta siquiera, dedicarle un par de líneas extensas. Tan solo tomé el dinero suficiente para traer lo necesario : Cigarrillos, Whiskey y un par de kilos de semillas de girasol.

Me gustaba aquella soledad. Me gustaba aquella simpleza de levantarme a cualquier hora, con la simple labor de presionar  un botón en el radio y avisar que aún vivía. Del otro lado, siempre escuchaba un “roger”, seco y carrasposo, lo que me hacia pensar que el dueño de aquella voz, era un fumador de unos 40 años o una grabación robotizada. Cualquiera que fuese, no quería pensar que ya había otro tarado como  yo, simplemente, porque me acojonaba la idea de ser el segundo.

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