Las estadísticas dicen que ninguna persona puede permanecer sin dormir por un máximo de once días y ya, al tercero, comienzan a alucinar. Aún me pregunto cuando comenzarán las mías. Aunque, a decir verdad, no sé con certeza si la sangre es sangre o algún raro líquido de los que en el estante habían.

El mundo que me rodea, es decir, la estrecha habitación, parecía un poco más grande de lo común. Aunque no me parecía raro, debido a las grandes cantidades de whiskey que bebí esperando la luz roja.  El dispositivo se había encendido y no sabía si estaba lo suficientemente cabreado, ebrio o ambas, pero no tenía mayor intención de decir que aún vivía.

Pensaba en lo que había hecho: absolutamente nada. Es decir, cualquier vago hubiese deseado esta vida, pero no  yo. Yo quería algo diferente, pensé que era algo diferente, no una estúpida situación diaria de prender un micrófono y decir “Estoy vivo”. Pensaba en aventuras, pensaba en desafios, pensaba en morir por un barranco, pero de ninguna manera, solo por hipotermia.

La lógica me decía, que debía responder al llamado, pero ¿Qué tal si esta vez no lo hago? No sé que pasará, pero me llama la atención.

La luz roja comenzó a pestañear y hasta parecía, que me hacía burla. Con cada pesteañeo, veía que me decía que era un fracasado, un perdedor, que no servía para nada, salvo para beber.
Solo cerré mis ojos e inventé en mi mente, que no había una luz, no había micrófono, que todo era una alucinación producto de mi insomnio.-

- 44W ¿Está usted vivo?

Es importante que notes el órden correlativo de cada día. Empecé a escribir desde el día 121. Si eres nuevo acá, deberías dirigirte a esa entrada y después seguir con los otros días, de otra manera, arruinarías la diversión que te provoca leer o simplemente, no entenderás nada.
Aquí, el atajo al día 121

- 44w, vivo aún.

Esperé los sagrados diez segundos y escuché la mecanizada respuesta.

-Roger.

Solía imaginar el día de aquel hombre del otro lado  y, comúnmente lo imaginaba en la misma labor pero con otros deberes. Despertar, leer la biblia, rezar y contemplar la amalgama de su solededad desde su habitación.

Más de una vez pensé también, en romper el círculo de monotonía e intercambiar algunas palabras. Siempre me detenía la cruda idea, de saber que del otro lado no había más que una grabación.

Revisé mi calendario una vez más, conté los días que ahí había pasado, luego las horas y posteriormente, los segundos. Era el ritual que me acompañaba cada día de mi nueva vida, lo hacía ya de manera mecánica, sin siquiera saber por qué. Aunque la luz roja estaba encendida, no estaba interesado en salir.

Todos los meses era el mismo trámite, las provisiones pasaban dias a la intemperie, sin llamarme la atención.

Aunque ya sabia que este mes sería diferente. Este mes venía el alcohol, los cigarrillos y las semillas de girasol. De seguro, para quién me mantenga aquí, le estoy ahorrando un gran dineral al mes en provisiones.

Sí preguntaran por mí de la ciudad de la cual vengo, sabrían de mi, una etapa que pretendo dejar atrás. Un trabajo que no quería, un colega mudo, un transeúnte común y corriente, un hombre de muchas palabras y pocas acciones. Todos me recordarían por mis extensos discursos, en los cuales descueraba a todos; sistemas políticos, religión, comercio, mujeres estúpidas, hombres idiotas y todo aquello que pareciera fuera de la lógica que me rige… aún. Quizás sea esa, la única parte de mi, a la cual jamás abandonaré, o en el peor de los casos, jamás me abandone.

Aún aquí, en el medio de la nada, los fantasmas de la humanidad manifestaban su palmada estupidez. Día a día, veía el peor invento del ser humano, el periodismo. Ver como viven las celebridades, ver las ciudades atestadas de gente las cuales creen aún, en un ser superior… y le alaban cada acierto que en su vida tienen y cada suceso malo, a su antagonista, otra idea loca de la gente con mucho tiempo. Jódanse, que las mierdas pasan porque sí y ya. Dios no me brindó esta soledad, yo me la busqué y aún así, no me hubiese provisto de tanta basura auto destructiva.

Faltaban tres meses para que amaneciera y provisto de un nuevo paquete de cigarrillos, encendí el radio y pronuncié el ya mecanizado discurso…

Faltaban aún 3 días para que amaneciera y un nuevo hilo de sangre rodeaba el borde mi labio. Ya eran cuatro noches seguidas en las que la sangre emanaba de mi ya, congelada nariz. Cuatro noches continuas de sentir aquel irritante goteo y tres meses en las que ya no dormía. El incesante tic-tac del reloj mural marcaba todos los instantes en los cuales deseaba haber estado en otro lugar.

Literalmente, había mandado todo a la mierda e, inconscientemente fuí yo el que se fue a la mierda. Dejé todo; ciudad, gente trabajo, todo. El poco dinero que reuní en mi vida, lo dejé en una cuenta libre, a nombre de ella, para que tomara lo que quisiera y cuando quisiera. Creo que no hace falta siquiera, dedicarle un par de líneas extensas. Tan solo tomé el dinero suficiente para traer lo necesario : Cigarrillos, Whiskey y un par de kilos de semillas de girasol.

Me gustaba aquella soledad. Me gustaba aquella simpleza de levantarme a cualquier hora, con la simple labor de presionar  un botón en el radio y avisar que aún vivía. Del otro lado, siempre escuchaba un “roger”, seco y carrasposo, lo que me hacia pensar que el dueño de aquella voz, era un fumador de unos 40 años o una grabación robotizada. Cualquiera que fuese, no quería pensar que ya había otro tarado como  yo, simplemente, porque me acojonaba la idea de ser el segundo.